¿Demasiado para quién? ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌
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¿Piensas demasiado?

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¿Te han dicho alguna vez que piensas demasiado? ¿Te ha sentado esa frase como una patada en el estómago pero no has sabido cómo responder, e incluso has acabado por pensar que sí, que tal vez tengan razón, que piensas demasiado y que pensar demasiado no es la manera correcta de andar por la vida?


Si lo piensas —demasiado, claro— verás que no te han hecho una observación inocente, neutra, objetiva. Que te sienta mal porque es un juicio. Un juicio que viene a decir que existe una cantidad correcta de pensamiento y que tú, claramente, la superas. Por tanto, que tu cantidad de pensamiento es incorrecta para el mundo.


Hasta donde yo sé nadie puede abrirme el cráneo y contar mis pensamientos, o medirlos por grado de intensidad. Hasta donde sé nadie ha definido un umbral de lo que es pensar poco, pensar normal o pensar demasiado. Así que ese "demasiado" tiene que estar midiendo algo más que pensamiento.


Señora, ¿qué me está diciendo usted cuando me dice que pienso demasiado?

 

Tal vez la señora cree que mis pensamientos son innecesarios, o que dan vueltas sobre lo mismo sin encontrar salida ni llegar a ningún sitio nuevo, que son circulares y no producen comprensión sino ansiedad. Entonces, cree que lo que sucede en mi cabeza sería lo que se conoce como rumia. O tal vez le parece que tengo emociones sin procesar que intento resolver a base de lógica o intelecto. O que tengo una voz interna crítica que me repite lo que debería hacer, lo que hice mal, lo que tengo pendiente… O que dentro de mi mente hay ruido: canciones pegadas, fragmentos de conversaciones, listas, imágenes sueltas…



Y sí, todo eso nos pasa por dentro a todas en mayor o menor medida, y todo eso son pensamientos de algún tipo. ¿Son esos pensamientos a los que se refieren cuando dicen que pienso demasiado?


Porque el pensamiento complejo es ir de una idea a otra y llegar a un lugar distinto. Es hacerte una pregunta y, aunque no encuentres respuesta definitiva (difícil si piensas mucho), al menos llegar a una comprensión más profunda del problema. Es conectar conceptos que parecían separados y de repente ver un patrón. Es incomodarte con algo y, en vez de apartarlo, mirarlo de cerca para entender por qué. El pensamiento es movimiento, avance.


Entonces, solo veo dos opciones probables. Cuando alguien dice que pienso demasiado puede estar creyendo o bien que estoy llena de pensamientos improductivos (y entonces no habría problema, simplemente están equivocados, tal vez juzgando lo que hay en mi interior por lo que hay en el suyo), o bien que cualquier pensamiento profundo, aunque sea productivo, le parece demasiado, o innecesario, o molesto, o incómodo… o le hace sentir insegura. Eso no lo va a decir, claro, pero es lo que una —con su pensar demasiado— entiende en el subtexto de un juicio como ese.


Ahora bien, ¿me hace pensar más profundo o de forma más productiva una persona mejor? Claramente no.

 

Algunas personas tenemos una experiencia interna más compleja, más activa, más llena de información constante que la media. Y hay otras personas cuya mente es más silenciosa y opera de forma más lineal, con igual productividad.  Se sabe también que no todo el mundo tiene diálogo interno verbal constante, continuo y narrativo (como yo); algunas lo tienen esporádicamente y otras nunca, porque procesan la información de otros modos igualmente válidos. Ninguna tiene ningún juicio encima, no son ni mejores ni peores, sino formas distintas en las que opera un cerebro. Eso no significa que no piensen, o que piensen menos.

 

Pero si quien nos lanza la idea de que pensamos demasiado lo que quiere decir es que pensamos diferente, entonces que use la palabra correcta, digo yo.

 

Porque sí, seguramente procesamos los pensamientos de forma diferente. Pero diferente no es demasiado. Demasiado no. ¿Demasiado para quién?

En un entorno de trabajo, por ejemplo, un pensamiento complejo puede implicar que cuestiones lo que “siempre se ha hecho así”, que propongas cambiar procesos, que señales ineficiencias o que no toleres según qué cosas. Y en esos entornos puede haber gente que no solo diga que piensas demasiado sino que además eres difícil de gestionar. Por más que seas educada y diplomática y hagas todo lo posible por no ser disruptiva, tu modo de pensar genera fricción en sistemas que prefieren la obediencia a la comprensión, y según a dónde vayas a parar solo tienes dos opciones: o te callas o te vas allá donde tu pensar demasiado sea un valor y no un problema.


En las relaciones puede pasar algo parecido. Desde amistades que solo quieren pasar un rato agradable y no hablar de cosas profundas ni importantes (dolorosas, tristes, complejas) a parejas que se sienten incómodas cuando haces muchas preguntas o intentas llegar a niveles de comprensión humana valiosos. Pareces demasiado invasiva, demasiado intensa, demasiado entregada… demasiado todo.


Por no hablar de las familias de origen que prefieren que no remuevas nada con tus preguntas o cuestionamientos. Si piensas demasiado, eres la que complica la cena de Navidad y altera el equilibrio —precario, miserable— sobre el que se sostenían las cosas hasta que a ti te dio por venir al mundo y pensar.


Pero por supuesto, si ampliamos la escala, llegaremos a otra conclusión obvia: el sistema siempre nos va a preferir simples.


Pensar de forma productiva implica ser capaz de sostener más variables a la vez. Sostener más variables implica poder comprender posiciones opuestas. Comprender posiciones opuestas hace muy difícil producir discursos binarios. Pero como el sistema premia el binarismo y la polarización quien no pertenece ni a un extremo ni al otro parece tibio, incompleto, incorrecto. Si no estás conmigo estás contra mí, dicen. Solo hay una verdad, proclaman. La polarización es la plataforma necesaria tanto para sistema como para las personas que se sienten cómodas en él (que tal vez sean muy inteligentes a muchos niveles, pero claramente no piensan “demasiado”).


Que se nos haga sentir que nuestro pensamiento es “demasiado” es un peligro personal y social, porque lo que se pierde cuando una persona inhibe sistemáticamente su pensamiento complejo (o se lo guarda para sí, pobre de ella) no es solo autoestima, que ya es mucho.


Se pierde también la capacidad de nombrar lo que nos pasa y de construir un lenguaje propio para pensar la experiencia; la capacidad de autoconocimiento, porque si no se explora, no se llega a saber quién se es ni por qué; la capacidad de dar sentido, de construir narrativas coherentes sobre la propia vida y la vida de todos como sociedad; la capacidad de poder decidir una vez se alcanza una comprensión profunda —por tanto, compleja, y por tanto, muchas veces, poco clara o ambivalente— y no desde la presión de grupo; la capacidad de sostener la complejidad, las contradicciones y los matices, sin reducirlo todo a blanco o negro; la capacidad de mostrarse entera en una relación, porque si no puedes pensar en voz alta nadie puede conocerte del todo; y la capacidad crítica, porque pensar menos (o fingirlo) no te hace más libre, te hace más gobernable.

Esta foto y el resto son de Vivian Maier, una fotógrafa "aficionada" fantástica para mi gusto.

¿A quién le sirve pedirte directa o indirectamente que te empequeñezcas, que te domes, que te suavices, que finjas conformidad, que no te quejes, que no levantes nunca ninguna liebre, que no señales, que no hagas preguntas, que seas una persona invisible?


¿Te sirve a ti?

Adiós, pues.*

 

Un abrazo,

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Me llamo Deborah y escribo en internet desde 2008. Todo lo que ofrezco gratis, como estas cartas, está financiado por quienes entran, pagando, en alguna de mis propuestas. Se me puede responder a los mails pero tardo bastante en contestar (tengo una energía muy limitada y doy prioridad a otras cosas, por ejemplo, mi creatividad). 
Me llamo Deborah y escribo en internet desde 2008. Todo lo que ofrezco gratis, como estas cartas, está financiado por quienes entran, pagando, en alguna de mis propuestas. Se me puede responder a los mails pero tardo bastante en contestar (tengo una energía muy limitada y doy prioridad a otras cosas, por ejemplo, mi creatividad). 
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¿Pero quién me ha mandado querer entender?, ¿Quién me dijo que había que entender? • (Alberto Caeiro), Barcelona • 08035