Un proceso terrorífico

Mar 31, 2026

 

 

El agua rodea el cuerpo por completo y difumina sus límites.

En el agua, el cuerpo no se carga a sí mismo y se deja sostener.

El cuerpo, bajo el agua, vuelve a ser un lugar habitable.

 

 

El agua, al circular, crea un ruido blanco que aligera la mente.

El agua, al moverse, produce un contacto blando y amable que suaviza la violencia. 

El agua, al adaptarse, recuerda que no todo necesita forma fija.

El agua, al ocuparlo todo, hace que el pensamiento deje de perseguirse a sí mismo.

El agua, al ser invisible, invita a olvidar la identidad forzada.

El agua, al no recordar, permite empezar de cero cada vez. 

 

De todo esto hablo cuando hablo de nadar. Y, sin embargo, la palabra se escapa un poco de todo esto: nadar.


Nada-r.


Podría referirse, fácilmente, al no hacer nada; nadar. Voy a nadar significaría tirarte en el césped y entrecerrar los ojos y ver cómo los rayos del sol se divierten entre tus párpados. Estoy nadando sería estoy en el sofá contemplando las imperfecciones del techo. Hacer nada es una paradoja: ¿por qué decimos hacer, si hacer es precisamente lo que no hacemos cuando hacemos nada, cuando nadamos?


Ahora, nadar en el agua es otro juego, y diríase uno muy activo, pues implica prácticamente a todos los músculos de tu cuerpo. Sin embargo, yo nado para nadar. Es en el agua, en el movimiento repetido y en el estado de flotación, donde me encuentro como un derviche, hipnotizada, bajando las revoluciones aceleradas de mi cerebro tras cada vuelta —que, por supuesto, no cuento—. Cuando nado, nado. 


Emerger de la piscina y salir al aire libre es, cada vez, un renacimiento. Nunca la vida me parece mejor que cuando acabo de nadar. Igual que nunca la vida me parece mejor que cuando acabo de escribir.

 

 

Escribir, cuando hay una estructura que te sostiene, se parece más a nadar que a pensar. No deja de haber esfuerzo, pero el esfuerzo no va en tu contra, sino que empuja a favor y se convierte en algo más parecido a entrar en un ritmo, a dejar que el cuerpo —y la atención— encuentren una cadencia en la que pueden quedarse, vuelta a vuelta, línea a línea, brazada a brazada, tecleo a tecleo.

La estructura no aprieta, no dirige en exceso, pero tampoco te deja caer. Está ahí de igual que el agua sostiene el cuerpo, sin imponerse y sin desaparecer. No te modela a ti (tú sí a ella) y te ayuda a avanzar con soltura y menos peso.


Y entonces, si te quedas el tiempo suficiente, algo empieza a cambiar sin que te des cuenta del todo. Los músculos que parecían cansados al empezar van solos, la mente que no dejaba de dar vueltas se aquieta, el mundo que oprimía el pecho deja de existir y solo sois tú y el agua, tú y la escritura.


Y por eso cuando sales jamás estás cansada y todo se ve más brillante. Tú incluida.  

Esta foto y el resto pertenecen a la serie Swimmers, de Larry Sultan.

 

Dentro de una semana abriré las inscripciones para el tercer trimestre de El Scriptorium, y esta vez viene con un algo extra. Algo que pienso que nos ayudará tanto como el agua. 


Y así, quizás por primera vez, podremos nadar.

Adiós, pues.