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El viejo que venció al bloqueo de escritor

Jan 06, 2026

 

Érase una vez un chico, nacido en una Grecia inestable y en crisis donde no había trabajo para nadie, que a los veintiseis años decidió buscar un futuro mejor y emigrar a Suecia, el único país europeo que en los años 60 aceptaba inmigrantes como parte de los programas de reclutamiento de mano de obra. Allí fue lavaplatos, repartidor de periódicos y obrero, pero a la vez se tomó muy en serio aprender sueco y estudiar filosofía en la Universidad de Estocolmo. En 1969 logró trabajo como profesor de filosofía en la universidad y ese mismo año se publicó su primer libro, un poemario en sueco. Solo hacía cinco años que había aterrizado con su precaria maleta en aquel país frío y organizado por una socialdemocracia donde prosperar era realmente posible.


Tres años después llegó a dirigir una importante revista literaria mientras seguía publicando novelas, ensayos, poemarios, y dirigiendo teatro e incluso cine. Al poco ya solo vivía de la escritura y sus libros se publicaron en muchos idiomas, pero estaban escritos en sueco. Nunca escribió en su griego natal.


¿Por qué pesaba tanto en mi vida la escritura? ¿Qué me daba? ¿Qué reemplazaba? Diría que era semejante a lo que me pasaba durante las guardias en el servicio militar. Yo asumía una responsabilidad y tenía cierto poder. Y lo hacía sin preguntar a nadie y sin que nadie pudiera impedírmelo. Quizá esa fuera, finalmente, la importancia de la escritura. La responsabilidad por mi mundo.


 

 

 

 

Este chico, ahora señor, vivió y vivió y escribió y escribió, hasta que, en 2015, —con 77 años— escuchó decir a un editor que los escritores deberían parar después de los 75. Entró en barrena y fue incapaz de escribir desde entonces. Vendió su estudio en Estocolmo, al que iba desde hacía décadas religiosamente cada día a las mismas horas, y trató de existir como un jubilado sin sentirse un jubilado. Sin lograr escribir pero deseando escribir.

 

Fue una verdad simple la que se me reveló de aquella manera. Cuando alguien comienza a salvaguardar la escritura, cuando se siente escritor, cuando cuelga letreros con su nombre en las puertas, es que está acabado. La escritura es como un manantial. Puedes ornamentarlo con estatuas, adornarlo con una preciosa fuente, construir alrededor del borbotón una placita y sembrarla de sicomoros. Pero nada de eso es lo que hace que el agua fluya. Es la presión desde las oscuras profundidades de la tierra la que crea la erupción del agua.

Eso no quiere decir que el escritor deba esperar de brazos cruzados a que el huevo hierva. Al contrario. Ha de trabajar continuamente, escribir y leer para aprender a valorar a otros escritores, algo por lo que ninguno de nosotros siente natural inclinación. Ha de entrenarse en el ejercicio de la abstinencia, no detenerse frente a cada vitrina que tiene delante.

La isla era un lugar ideal para ese entrenamiento. Por las mañanas cogía mi cuaderno y me iba a la solitaria playa. La vida alrededor continuaba como de costumbre. De tanto en tanto asustaba yo a alguna lagartija, pero eso era todo.

Allí, sin más testigos que el cielo y el mar, intentaba escribir lo mejor que podía. Alguna vez lo conseguía.

Pero ahora ya no era así. Mi manantial se había secado. Ya podía yo erigir un mausoleo alrededor que no ayudaría.

 

 



 

Un día recibió un correo desde su pueblo natal donde le pedían permiso para poner su nombre a la biblioteca municipal (ya tenía una calle para entonces) y para invitarle a una función de Esquilo que iban a hacerle en homenaje los jóvenes de la escuela. Volver a su pueblo por primera vez en más de cincuenta años fue la cura para el bloqueo creativo, pero el bloqueo se deshizo no solo por regresar a sus raíces geográficas sino por recuperar sus raíces lingüísticas: allí empezó a relatar toda la historia de este periodo en griego.

 

Desde la primera palabra sentí cierta dulzura, como si hubiera comido miel. Dulzura y alivio.

No escribía. Hablaba. Una palabra se unía a la siguiente como si fueran hermanas gemelas. No tenía miedo de cometer errores, aunque sabía que los cometería. Era mi idioma. No me sentía cohibido, no tenía necesidad de impostar la voz.

Con el sueco, idioma que amaba y amaré siempre, no había alcanzado esa inmediatez. Seguramente no la alcanzaría jamás. Lo llevaba puesto en la cabeza como una corona de espinas. El resultado final no era ni mejor ni peor. Era distinto.

En ese momento lo entendí. Mi primera lengua es palpitación. La secunda, cavilación. La primera brotaba de mis entrañas, la segunda de mi cerebro. El problema era ensamblarlas.

(…) Al cabo de poco comprobé que estaba escribiendo, sí, en griego, pero estaba pensando en el lector sueco. En esos lectores para los que había escrito durante tantos años. Y así, el resultado era un texto falso. Esa complicación no se me había ocurrido nunca.

La conclusión es muy simple.

Cuando sabes lo que quieres decir, puedes decirlo en todas las lenguas que conoces.

También puedes guardar silencio en todas las lenguas que conoces.

Pero cuando no tienes nada que decir, lo dices mejor en tu lengua materna.

 

 

 

Ese libro se llama Otra vida por vivir y el chico, ahora anciano, que habla griego, sueco, inglés, francés, italiano, alemán y prácticamente español, se llama Theodor Kallifatides —y me lo recomendó, en la forma de este otro libro, una compañera de El Scriptorium el primer día de 2026—. Dice que lo han llamado Thodorís Theodorakis, Theódoros Kallifatides, Theódoros Kalinijita, Thodorís Kallifatiroides y de otras formas también. No le importa.


En esta entrevista que le hicieron en el salón de su casa trae algo más que no le importa. Algo que a todas las que practicamos alguna actividad artística nos convendrá recordar:

 

Una cosa es que seas un autor consagrado y otra que te sientas así. Yo no me siento un autor consagrado, no me gusta la idea. (...) Me dedico a escribir. A veces escribo libros buenos, a veces alguno malo, o un libro menos bueno... No me importan estas etiquetas de los escritores ni la fama, ni ser un escritor conocido: da igual, solo soy un escritor.

 

 Todas las imágenes son del fotógrafo griego Kostis Farazoulis y capturan la restauración del Parthenon, el templo de Atenea (santa patrona de la victoria por astucia más que por fuerza bruta). Oficio y ensamblaje paciente, cualquier arte lo requiere.

 

 

Atrévete a ser solo una escritora —principiante, aficionada, amateur, semi-profesional o profesional, con ganas de publicar o no necesariamente— en este monasterio literario donde no existen las comparaciones, las etiquetas, la presión o la exigencia productiva y sí un ecosistema fértil y amable donde existir a través de la práctica compartida.

 

 

 

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