Maniobras de desvanecimiento
Aug 12, 2025
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Hace muchos años lo único que me hacía sentir pobre era pasar el invierno en un piso donde hiciera frío. Ahora lo único que me hace sentir pobre es pasar el verano en un piso donde hace calor. Me da igual el barrio, la ropa, la decoración, los sueldos, las compañías: lo que nos define ahora es sudar como desgraciadas frente a miserables ventiladores, que en nuestras casas haga más grados que fuera y ni en la noche se refresque, vivir con la permanente sensación de que el oxígeno no nos llega a los pulmones, desear que termine el verano que antes amábamos.
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Había cogido el hábito de ir a la sauna después de nadar porque leí que iba bien para regular el sistema nervioso. La última vez salí a los tres minutos sorprendida y muerta de risa. O sea, que me desquician los 30 grados del interior de mi casa pero acto seguido me someto voluntariamente a 90 en nombre de la relajación. Pocas veces me he sentido tan ridícula, tan desubicada, tan del primer mundo.
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Unos días antes, pasó esto.
Hay un grupo de niños de un casal de verano chapoteando en la piscina pequeña, frente a la sauna. Mientras me acerco a mi sesión de horno diaria uno de los monitores de la piscina empieza a gritar muy fuerte señalando con el dedo a un niño que estaba haciendo a otro crío algo que yo no he llegado a ver (entiendo que algo que podía implicar ahogamiento). El responsable, gordito y moreno, de rasgos latinos, es conducido por un monitor del casal al borde de la piscina y le habla, en tono tranquilo, imagino que explicando que no puede hacer esas cosas. Él escucha impasible, con cara de la más absoluta nada. Yo entro a la sauna y a los dos minutos veo al niño de espalda, llorando, pegado a una esquina. Hay varios adultos a su alrededor y decenas de niños, y todos le ignoran. Salgo de la sauna y toco en el hombro a una monitora que me queda cerca, señalo y digo, constatando una obviedad: “perdona, allí hay un niño llorando”. Ella, sin casi mirarme, me dice muy tranquila que sí, que ya hay alguien que se encarga de él. Pero el niño pasa varios minutos llorando solo de cara a la pared y yo paso varios minutos en mi horno debatiendo si debo ir a acompañarle o sería una intromisión inadmisible. Si fuera mi hijo, ¿querría que una señora cualquiera le acompañara? ¿Debería salir y explicar a los monitores que no se debe dejar a un niño que está expresando sus emociones después de haber hecho algo incorrecto, lo que sea y por incorrecto que sea, llorar en soledad de cara a una pared? ¿No les enseñan esto en el curso de monitores? ¿Han hecho un curso siquiera? ¿Les han dejado llorar solos toda su vida y les parece normal? ¿Cómo se sentirían si estuviesen llorando de cara a una pared, rodeados de personas, y absolutamente nadie se acercase a ponerles, como mínimo, una mano comprensiva en el hombro? ¿Quién ha enseñado a este niño a llorar de cara a una pared? ¿Quién falló en acompañarme a mí a vencer la vergüenza y el miedo de hacer algo inapropiado y quedar en ridículo? Aún queda mucho por aprender.
Al salir del recinto de la piscina encuentro al grupo de camino al autocar. El niño avanza solo, con la misma cara de nada que al principio. Tengo mucho miedo de que sea la cara que se le quede el resto de su vida.
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Un detalle: ¿sabe la gente que compra casas en primera línea de playa (o en quinta) que dentro de no tanto tiempo el mar se tragará su inversión?
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Pongo demasiadas esperanzas en mi quincena de vacaciones verdaderas (esa en la que marido e hijo se van por su cuenta y me quedo en casa con los animales), pensando que voy a escribir como la auténtica escritora que soy, que voy a resolver todos los problemas de la empresa como la auténtica emprendedora que soy, que voy a cambiar el curso de nuestras vidas con una obra genial producida en dos semanas. Esta vez he pasado quince días en ropa interior pegada al sofá viendo películas y series, y no sabría decir si está muy bien o muy mal. En todo caso, me siento muy mal, y puede que eso signifique que está muy mal. Por otro lado, con mi neura de arreglar el mundo trabajando y de no valer nada si no gano suficiente, quizás me siento mal por no haber logrado la misión imposible que me encargo a mí misma cada vez, y entonces esté muy bien haberme dado el permiso de no hacer absolutamente nada y quedarme idiotizada frente a la pantalla. A veces no es tan fácil distinguirlo.
Sin embargo, ayer, el último día, cuando ya me había rendido (y precisamente por eso), chas, una idea que tuve hace unas semanas, en mis vacaciones familiares, y que había dejado en pausa, volvió a iluminarlo todo con claridad.

De la película Sangre en los labios, de Rose Glass.
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Jean Cocteau tuvo una vida llena de calamidades (premio a quien pille el guiño), pero no se murió hasta el día que le dijeron que a su gran amiga Édith Piaf se la acababa de llevar el cáncer. La noticia le provocó un infarto. Años antes, a la salida del Louvre, un periodista le preguntó: señor Cocteau, si se incendiara el museo, ¿usted qué salvaría? Él se quedó pensando (todo el mundo que vale algo no teme pensar antes de responder, por absurda que parezca la pregunta o justo cuanto más absurda parezca) y dijo: Salvaría el fuego.
Yo siempre salvaría el fuego.
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Cada once de agosto me acuerdo del cumpleaños de mi mejor amiga de la infancia. Lo he recordado toda la vida como una fecha importantísima, y aún ahora el corazón me da un sobresalto cuando la fecha aparece en cualquier lugar.
Ella, como la mayoría de la gente de mi colegio, no sale en la búsqueda de Google. No sé dónde están. En cambio, ChatGPT me conoce. ¿Y por qué esto me parece una derrota?
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Quiero ser Elena Ferrante. Quiero el talento para escribir y la suerte (ergo, millones en la cuenta) y el don de la invisibilidad (ergo, que nadie me conozca por la calle).
-----[ ¡CHAS! <3 ]-----
---[ DEBORAH MARÍN SE HA DESVANECIDO COMO EN SUS MEJORES SUEÑOS, AUNQUE REGRESARÁ, SIN DUDA, PORQUE PARA SU PESAR NO SABE HACER OTRA COSA ]---
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