¡Qué bello es crear!
Dec 23, 2025
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A Harper Lee, señora que básicamente pudo vivir toda su vida a costa de haber escrito una sola novela (ésta, también con película), le hicieron un regalo de Navidad que cambió su destino. Tenía entonces treinta años y hacía ya siete que se había mudado a Nueva York para tratar de meterse en el mundo literario pero trabajaba vendiendo billetes de avión, así que tenía poco tiempo y pocos recursos para dedicarse a escribir y solo había juntado algunos relatos breves. Michael y Joy Brown —a quienes conoció a través de su amigo de la infancia en Alabama, Truman Capote—, un matrimonio de artistas (él, músico, ella, bailarina) con los que vivía entonces, le dejaron bajo el árbol una postal con este mensaje: “Tienes un año libre de tu trabajo para escribir lo que quieras. Feliz Navidad.”
Y esto podía haber ido de forma muy distinta si Harper se hubiera dejado vencer por la inseguridad, o la responsabilidad, o si hubiera sido demasiado orgullosa para siquiera aceptar aquel dinero que representaba el sueldo de un año entero vendiendo vuelos, pero lo que hizo fue dar las gracias, aprovechar el regalo y escribir. No lo terminó en aquel primer año, pero se apañó como pudo para seguir puliéndolo dos años más, hasta que lo vio publicado. Matar a un ruiseñor ganó el Pulitzer y es considerado uno de los libros más relevantes de la cultura norteamericana.
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Philip Van Doren Stern tuvo un sueño, una noche de 1938, del que salió una idea que le recordó vagamente a Cuento de Navidad, de Dickens. Se puso a trabajar en ella sin prisa pero sin pausa, y acabó —tras cuatro o cinco años de escritura— con un relato de unas cuatro mil palabras al que llamó El regalo más grande. Sin embargo, ningún editor quiso publicarlo.
Con ganas de que su texto fuera leído en el formato que fuera, en diciembre de 1943 mandó imprimir unas doscientas copias y las envió por correo a sus amigos como si fueran postales navideñas. Y entonces sucedió la magia, y la historia llegó hasta alguien que quiso que llegara más lejos. Al año siguiente se publicó en forma de libro ilustrado y se vendió también a un par de revistas literarias, que lo publicaron con títulos distintos. Otra de aquellas felicitaciones navideñas literarias llegó a manos de un productor de la RKO, que se lo enseñó a Cary Grant. El interés del actor puso la historia en marcha: se adquirieron los derechos, se escribieron varias versiones de un guion y, finalmente, se puso en manos de Frank Capra, que en 1946 la transformó en Qué bello es vivir, una de las películas más emblemáticas de la cultura popular norteamericana y visualización obligada en estas fechas.

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Para que la magia suceda hacen falta tres dones: tiempo, permiso y confianza. Puede que a veces vengan de fuera, pero antes deben existir dentro. Quizá el espíritu de la Navidad sea abrir un espacio donde algo pueda nacer sin prisas, sin aplausos, sin garantías. Crear es creer que un gesto pequeño y constante puede terminar siendo mucho más grande de lo que imaginamos. Tal vez hacia afuera, pero sobre todo hacia dentro. Crear es un regalo. No: crear es el regalo.
Si quieres crear recuerda que puedes entrar a Mi Diario (para hacer de la escritura íntima tu mejor amiga), a La Cuarentena (retiro creativo casero) o a El Scriptorium (un trimestre para escribir tu novela corta, en compañía pero sin presiones). Y si lo que quieres es arreglar una relación compleja con tu creatividad, El Rompeolas es para ti. Los mejores regalos de Navidad posibles.

Otra peli navideña mítica, Solo en casa.
P.D.: Como diría Kevin:
"Merry Christmas, you filthy animal".
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